Como la relatividad es un tema demasiado importante como para ser tomado (solamente) a la ligera, vamos a verlo desde una perspectiva un poco más seria. Así que vamos con nuestra toma dos.
Cuando hace unos años rompí la tapa de la azucarera, temí por la el reto que iba a ligar. No me preocupaba haber roto la tapa por la tapa en sí misma, sino por las consecuencias que eso iba a acarrearme. Aunque también me sentí un poco mal porque la tapa era bonita, al día de hoy esa azucarera sigue teniendo una tapa de madera que no combina, y yo duermo sin problema todas las noches. Entonces, lo que me preocupó, no fue haber roto la tapa, no me ponía triste una tapa menos en el mundo, me puso mal lo que sabía que vendría después: el enojo de mi madre y el consecuente sermón de que yo era una irresponsable y distraída que bailaba con una azucarera en la mano. Vamos a hacer hincapié en algo: NO ME IMPORTABA LA AZUCARERA, me importaba la percepción que mi mamá tenía de la situación. Para mí, sí, fue un descuido que no debía repetirse. Para mi mamá era la prueba de que yo andaba colgada con la existencia todo el tiempo y no le prestaba atención a las cosas prácticas (y rompibles) del mundo real (en su defensa voy a aportar que sólo intentaba poner un poco mis pies en la tierra. Además, tenía razón. Aún la tiene).
A lo que quiero llegar con la historia de la bendita azucarera amarilla es que una misma situación tiene distintas repercusiones para cada individuo. Eso es brillante si queremos analizar algo pero problemático al momento de establecer pautas. Y en vista de que nuestras existencias en la faz de la tierra están regidas por pautas, la mirada del otro nos enfrenta a un problema. Grande. Porque todos en esta habitación virtual sabemos lo difícil que es ponerse de acuerdo con alguien, ¿o no?
No sólo opino que escribe de manera monótona, sino que me molesta que tenga aspecto de Max Steel. Aún así, a mi hermana le encantan sus películas. Es inútil, nunca nos pondremos de acuerdo sobre Nicholas Sparks (no es que debamos hacerlo, claro). Yo creo que es un pelotudo, pero si a mi mejor amiga le gusta fulanito, cierro la boca porque gustos son gustos y yo quiero que este feliz. Aunque sea con ese imbécil. Me encanta ponerle pimentón a la ensalada pero mi hermana lo odia. Infinidad de ejemplos para una situación: cada uno ve las cosas de manera diferente. Eso lleva indefectiblemente a un conflicto. Y por conflicto no me refiero a “cerrá las cortinas, esto se soluciona con una pelea de cuchillos”, conflicto es incluso esa mínima cara de disgusto que ponemos cuando nos dicen que firmamos el papel equivocado. Conflicto es el choque de dos ideas, de dos perspectivas, de dos maneras. Puede ser algo mínimo o no, depende de la persona, del día y del pie con el que amanecimos.
Chocar con alguien es frustrante. O al menos a mí me parece que es así en la mayoría de los casos. No es algo que me haga enojar o que me ponga triste (no siempre), pero es algo que me frustra porque, ¿cómo es que percibís de manera B algo que es claramente A? No lo entiendo, mirá ahí están los dos palitos como una V invertida y el palito transversal, eso es una A hoy y por siempre. Pero no hay caso, el otro ve una B y a vos no te entra en la cabeza cómo puede ser que no se dé cuenta de que está equivocado. Vale decir que al otro le pasa lo mismo, pero con vos.
¿Qué pasa entonces? ¿Tengo razón? ¿Tiene razón? ¿Existe una única razón? ¿Estamos todos locos? (ojo, a mi me parece que esa última es la menos descartable). ¿Qué es tener razón? ¿Cómo decidimos quién tiene razón? En muchas situaciones de nuestra vida cotidiana decidimos quién tiene razón basándonos en un sistema popular, en lo que se piensa generalmente. Supongo que tiene sentido, es decir, tal vez sería complicado vivir si con cada persona y cada círculo tuviésemos distintas bases y puntos de partida. Pero a veces me da la impresión de que mi cerebro no terminó de adaptarse a la pauta social. Algo así como un déficit de inteligencia emocional, que le dicen. En realidad creo que a todos nos pasa en algún momento, con alguna situación, que sentimos que percibimos las cosas de un modo muy diferente al de la gente que nos rodea. Y no es que tengamos este dichoso déficit, sino que somos distintos. Tan bella como problemática resultó ser la diversidad de alelos.
¿Cómo se supone que viva en sociedad si capto las cosas de modo diferente? O, sin irnos tan tremendamente al pasto, ¿cómo comparto una habitación si soy un desastre con patas y la otra persona es sumamente ordenada? Bueno…me adapto. Me adapto a lo relativo de la vida (que es todo, básicamente. O nada, según quién lo mire).
Cuando hace unos años rompí la tapa de la azucarera, temí por la el reto que iba a ligar. No me preocupaba haber roto la tapa por la tapa en sí misma, sino por las consecuencias que eso iba a acarrearme. Aunque también me sentí un poco mal porque la tapa era bonita, al día de hoy esa azucarera sigue teniendo una tapa de madera que no combina, y yo duermo sin problema todas las noches. Entonces, lo que me preocupó, no fue haber roto la tapa, no me ponía triste una tapa menos en el mundo, me puso mal lo que sabía que vendría después: el enojo de mi madre y el consecuente sermón de que yo era una irresponsable y distraída que bailaba con una azucarera en la mano. Vamos a hacer hincapié en algo: NO ME IMPORTABA LA AZUCARERA, me importaba la percepción que mi mamá tenía de la situación. Para mí, sí, fue un descuido que no debía repetirse. Para mi mamá era la prueba de que yo andaba colgada con la existencia todo el tiempo y no le prestaba atención a las cosas prácticas (y rompibles) del mundo real (en su defensa voy a aportar que sólo intentaba poner un poco mis pies en la tierra. Además, tenía razón. Aún la tiene).
A lo que quiero llegar con la historia de la bendita azucarera amarilla es que una misma situación tiene distintas repercusiones para cada individuo. Eso es brillante si queremos analizar algo pero problemático al momento de establecer pautas. Y en vista de que nuestras existencias en la faz de la tierra están regidas por pautas, la mirada del otro nos enfrenta a un problema. Grande. Porque todos en esta habitación virtual sabemos lo difícil que es ponerse de acuerdo con alguien, ¿o no?
No sólo opino que escribe de manera monótona, sino que me molesta que tenga aspecto de Max Steel. Aún así, a mi hermana le encantan sus películas. Es inútil, nunca nos pondremos de acuerdo sobre Nicholas Sparks (no es que debamos hacerlo, claro). Yo creo que es un pelotudo, pero si a mi mejor amiga le gusta fulanito, cierro la boca porque gustos son gustos y yo quiero que este feliz. Aunque sea con ese imbécil. Me encanta ponerle pimentón a la ensalada pero mi hermana lo odia. Infinidad de ejemplos para una situación: cada uno ve las cosas de manera diferente. Eso lleva indefectiblemente a un conflicto. Y por conflicto no me refiero a “cerrá las cortinas, esto se soluciona con una pelea de cuchillos”, conflicto es incluso esa mínima cara de disgusto que ponemos cuando nos dicen que firmamos el papel equivocado. Conflicto es el choque de dos ideas, de dos perspectivas, de dos maneras. Puede ser algo mínimo o no, depende de la persona, del día y del pie con el que amanecimos.
Chocar con alguien es frustrante. O al menos a mí me parece que es así en la mayoría de los casos. No es algo que me haga enojar o que me ponga triste (no siempre), pero es algo que me frustra porque, ¿cómo es que percibís de manera B algo que es claramente A? No lo entiendo, mirá ahí están los dos palitos como una V invertida y el palito transversal, eso es una A hoy y por siempre. Pero no hay caso, el otro ve una B y a vos no te entra en la cabeza cómo puede ser que no se dé cuenta de que está equivocado. Vale decir que al otro le pasa lo mismo, pero con vos.
¿Qué pasa entonces? ¿Tengo razón? ¿Tiene razón? ¿Existe una única razón? ¿Estamos todos locos? (ojo, a mi me parece que esa última es la menos descartable). ¿Qué es tener razón? ¿Cómo decidimos quién tiene razón? En muchas situaciones de nuestra vida cotidiana decidimos quién tiene razón basándonos en un sistema popular, en lo que se piensa generalmente. Supongo que tiene sentido, es decir, tal vez sería complicado vivir si con cada persona y cada círculo tuviésemos distintas bases y puntos de partida. Pero a veces me da la impresión de que mi cerebro no terminó de adaptarse a la pauta social. Algo así como un déficit de inteligencia emocional, que le dicen. En realidad creo que a todos nos pasa en algún momento, con alguna situación, que sentimos que percibimos las cosas de un modo muy diferente al de la gente que nos rodea. Y no es que tengamos este dichoso déficit, sino que somos distintos. Tan bella como problemática resultó ser la diversidad de alelos.
¿Cómo se supone que viva en sociedad si capto las cosas de modo diferente? O, sin irnos tan tremendamente al pasto, ¿cómo comparto una habitación si soy un desastre con patas y la otra persona es sumamente ordenada? Bueno…me adapto. Me adapto a lo relativo de la vida (que es todo, básicamente. O nada, según quién lo mire).
This is how it works
You're young until you're not
You love until you don't
You try until you can't
You laugh until you cry
You cry until you laugh
And everyone must breathe
Until their dying breath
Me atengo entonces a las supuestas verdades universales como que eventualmente morimos, o que caperucita usaba una capa roja, y salgo al mundo a tratar de adaptarme al resto sin dejar de ser yo. Podríamos entender la sociedad como un tetris gigante casi. Todos distintos, tratando de encajar, sin perder el juego.
Parece que cada vez que hablo de relatividad me voy por las ramas, pero creo que esta vez me mantuve en un hilo. Creo. Volviendo, si tengo que definir la relatividad con una palabra…bueno supongo que sería relativa (por mucho que eso pudiera molestar a los profesores que insistieron con que no se define cosa diciendo el coso del cosito). La relatividad es relativa porque según las condiciones del medio, es absolutamente admirable o francamente molesta. O bueno, si tuviera que elegir de nuevo, tal vez diría que es difícil. Porque por más que a veces puede ser entendible, creo que nunca deja de ser difícil tomar el punto de vista del otro. No por eso hay que dejar de intentarlo. Después de todo…a mí me gusta vivir con otros.
Parece que cada vez que hablo de relatividad me voy por las ramas, pero creo que esta vez me mantuve en un hilo. Creo. Volviendo, si tengo que definir la relatividad con una palabra…bueno supongo que sería relativa (por mucho que eso pudiera molestar a los profesores que insistieron con que no se define cosa diciendo el coso del cosito). La relatividad es relativa porque según las condiciones del medio, es absolutamente admirable o francamente molesta. O bueno, si tuviera que elegir de nuevo, tal vez diría que es difícil. Porque por más que a veces puede ser entendible, creo que nunca deja de ser difícil tomar el punto de vista del otro. No por eso hay que dejar de intentarlo. Después de todo…a mí me gusta vivir con otros.
No, this is how it works
You peer inside yourself
You take the things you like
And try to love the things you took
And then you take that love you made
And stick it into some
Someone else's heart
Pumping someone else's blood
And walking arm in arm
You hope it don't get harmed
But even if it does
You'll just do it all again
Junio trajo para mí esta suerte de epifanía, haciéndome caer en la cuenta de la relevancia de lo relativo en el cerebro humano. Por primera vez vi a la relatividad desde otro ángulo. Y no se trata de que somos distintos y peleamos para llegar a un punto medio y crecer como personas, ni ninguna de esas cosas que nos decimos para sentirnos mejor con nosotros mismos después de incrustar un disco PARE en la ventana del comedor de la persona que marcó nuestro día, no no. Creo que lo interesante de la relatividad, y lo interesante de ser distintos es que… es quienes somos.
Veamos, refrasearé esa última parte que es como lo IMPORTANTE de tamaña entrada… odio pelear con las personas que quiero. Me encantaría no pelear sobre si es A o si es B. Pero para no pelearme…todos deberíamos ver lo mismo. Y no quiero que sea así porque, si lo fuera, las personas a quienes amo dejarían de ser quienes son. Y odiaría eso.
Veamos, refrasearé esa última parte que es como lo IMPORTANTE de tamaña entrada… odio pelear con las personas que quiero. Me encantaría no pelear sobre si es A o si es B. Pero para no pelearme…todos deberíamos ver lo mismo. Y no quiero que sea así porque, si lo fuera, las personas a quienes amo dejarían de ser quienes son. Y odiaría eso.

en primer lugar. que triste para mi pobre y rojo blog haberse sentido vacio por un mes.
ResponderEliminaren segundo lugar, las estrofas son de On the radio, de Regina Spektor. Escuuuuuuucheeeen la cancioooooooon (con muchas vocales para parecer la voz de sus conciencias)
Puedo decirte algo..... adoro tu locura mujeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeer jajajaja saludos!
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